Rosa María Bermúdez

Venevision
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Marisa Román es Rosa María Bermúdez

 

Rosa tuvo que huir de sí y de su circunstancia para poder vivir el presente tapando el dolor del pasado. Acaba de cumplir treinta años, pero, por su manera de reír, cualquiera diría que acaba de cumplir quince. Y es que su risa la precede y la acompaña a todas partes: Rosa es esa persona que ríe más fuerte que todos los demás y que sigue riendo cuando todos callan, hasta que los demás empiezan a preguntarse qué tornillo suelto tiene la loca simpática. Sólo alguno demasiado perspicaz llegará a intuir que debajo de la fiesta hay una tristeza que Rosa prefiere callar hasta sepultarla en el olvido. Y es que en su pasado hay traumas que se asoman en fragmentos cuyos filos rotos son demasiado hirientes: el vacío de un hijo perdido, la trágica muerte de su primer amor, la lucha contra la invalidez de su madre y la enfermedad psiquiátrica por la que supuestamente tendría vedada la libertad, el amor, la plenitud de una vida propia. Hija de un obrero constructor que murió al caerse de un andamio estando ella muy niña, y de una madre que quedó sin habla y sin movimiento en sus extremidades debido a una demoledora trombosis, Rosa vive a la sombra de dos hermanas mayores que la adoran, al punto de internarla en una institución pensando que era lo mejor para ella. Sólo que Rosa se ha hecho el propósito de probarle al mundo que ella es suficientemente fuerte para trazarse un camino de éxito y recorrerlo, y, sobre todo, para encontrar los medios que le permitan pagar en el primer mundo el tratamiento milagroso que levante a su madre de la cama en la que está postrada.

 

Pero hay más en su interior que la anima a ser grande, algo que la ha hecho graduarse y recibirse summa cum laude como licenciada en matemáticas financieras con mención en sistemas informáticos; y es la esperanza, cada vez mejor fundamentada, de que el hijo que supuestamente perdió trágicamente, sigue vivo. Así que Rosa se fija como meta conseguir quinientos mil dólares para llevar a su madre a Houston, de donde la piensa sacar bailando merengue, y dándole las pistas que sabe que tiene, como testigo de excepción, de lo que realmente pasó con su hijo perdido. Porque Rosa sabe que su madre vio a quien plagió la criatura, está convencida de que su hijo no murió en aquel fatídico suceso y, al contrario del resto del mundo, no considera un delirio de su mente afiebrada el creer que lo conseguirá. Entretanto, sueña sin aprensiones con el galán protagonista que la descubra, más allá de su belleza deslumbrante, de su inteligencia y de su simpatía, como la heroína de una historia con final feliz: el final feliz de que la acepten, aun con su mente trastocada por los sufrimientos, pero ya en proceso de recuperación, como un ser humano con derecho a la ilusión.

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